Fotografía: Paulina Jimenez

 

En 2019, las sedes de PNUD y UNICEF hicieron un llamado a sus oficinas de país para recibir propuestas innovadoras de trabajo conjunto. PNUD y UNICEF en Ecuador presentaron un proyecto para apoyar a jóvenes de barrios vulnerables, Chillogallo, Calderón y Tola Grande de Tumbaco, para mejorar la resiliencia en sus comunidades. La propuesta, llamada Laboratorio de Sueños,  estuvo entre las ganadoras y ha sido adaptada al contexto de la crisis actual. En este marco, el Laboratorio de Aceleración de PNUD ha diseñado distintas metodologías participativas de discusión sobre las problemáticas y realidades.

Para comenzar, era conveniente poner en valor el término resiliencia, ya que puede sugerir una “vuelta a la normalidad”, y quizá no sea lo más deseable. De las muchas lecciones que nos ha dejado la crisis sanitaria es la posibilidad de reconstruir mejor, de diseñar nuevas formas de vida más sostenibles.

 

Desheredar preguntas y respuestas

Con esto en mente, se llevó a cabo el Taller 0. Cero, por ser el punto de partida sin presupuestos para poder definir, colectivamente, ¿Cuál es nuestro reto? ¿Cómo frasear un reto común, amplio, que abarque las singularidades de nuestras vivencias y nuestros barrios? Como resultado de este taller, los jóvenes definieron su reto como, “Una falta de colectividad social y liderazgos que generen inclusión y bienestar en nuestros barrios”.

 

 

La falta de tejido social como problema plantea nuevas preguntas, interlocuciones e imaginarios. Se dejó de hablar de problemas como la delincuencia, la inseguridad, la insalubridad, como lugares comunes, que aunque existen, han sido muy mediatizados e invisibilizan otros problemas y causas subyacentes.

Posteriormente los jóvenes tuvieron la oportunidad de profundizar el análisis mediante un taller de mapeo del problema y comprender los factores que contribuyen a su reto.

 

Otros Mapas

Luego de estas intuiciones y reflexiones, los jóvenes iniciaron el proceso de producción de otros mapas de sus barrios. Al invitarles a hacer este ejercicio- colaborativo y paulatino- partimos preguntándonos por qué son necesarios otros mapas. Hacer mapas sirve para trazar lugares, saberes, vivencias, relaciones. Es un ejercicio que saca a relucir aquello que no se ve o hemos dejado de ver y fomenta el diálogo para ir haciendo conexiones.  En los primeros talleres, los jóvenes contaron sobre el estigma de sus barrios por ser humildes y su marcaje como focos infecciosos de COVID-19. Cartografiar se convertía en la oportunidad para re-conocer el territorio como un espacio donde se gestan relaciones, afectos, sueños, memorias. Un espacio nada neutral, que es afectado por nosotras y nosotros y que también nos afecta. En palabras de una participante:

Hacer otros mapas ayuda a conocer y preocuparse por cada detalle que normalmente en un mapa ya elaborado no se ve y qué mejor si un miembro del mismo barrio detalla los lugares y acciones que suceden en el mismo.”

 

 

Este proceso tomó varias sesiones virtuales que partían de preguntas como, “¿Qué es una frontera en nuestro barrio? ¿Por qué es una frontera? ¿Cómo categorizar los lugares en nuestro barrio? ¿Cómo viven las mujeres jóvenes el barrio? ¿A quién invitarían a caminar conjuntamente en el barrio? En estas sesiones, los jóvenes, quienes habían recibido previamente un kit con materiales, comentaron, dibujaron, diagramaron aspectos de sus barrios. Desde la identificación de sonidos ambiente capturados con sus celulares, al mapeo de cuerpo-territorio para localizar cómo se viven en el cuerpo las vivencias situadas en sus territorios inmediatos.

Estos encuentros virtuales invitaban a seguir pensando y mapeando de forma autónoma los lugares significativos para ellos. Estos ejercicios, de geolocalización, trazas, rutas, dibujos, fotografías y reflexiones fueron subidos a espacios digitales y compartidos con el resto.

 

Caminar preguntando

No fue hasta caminar juntos, sin embargo, que surgieron las conexiones. Los jóvenes, prepararon un Paseo de Jane con las medidas de bioseguridad necesarias. Acudimos a los barrios de Calderón, San Luis de Chillogallo y Tola Grande de Tumbaco, a los puntos de encuentro sugeridos por ellos para caminar juntos, preguntando. Dotados de sus planos y micrófonos artesanales, se convirtieron en etnógrafos de su propio territorio, redescubriendo a las personas y su relación con el espacio.

 

 

Los espacios públicos disputados

Los tres barrios carecen de espacios públicos propicios para el encuentro. Las canchas deportivas, tan versátiles en nuestro medio, son en estos casos, espacios disputados por las dirigencias. En un caso, la mitad de la cancha tiene propietario lo que supone negociar su uso, y los jóvenes están en desventaja frente a los adultos vinculados a las dirigencias. Parques con candados, casas comunales con llave, descampados sin bancas ni sombra, son lugares que frustran encuentros. Frente a esto, en el mejor de los casos, ocupan pequeños retazos de terrenos baldíos, aceras de una tienda con techado, cuando no han dejado de usar el espacio público, más aún en el contexto actual de la pandemia.

 

Cancha de tierra vallada, Calderón. Fotografía: Paulina Jiménez
Parque con candado. Fotografía: Paulina Jiménez

 

Frente a la falta de espacios públicos surgen los privados. Pequeños lotes son habilitados con luminarias y redes de vóley cobrando módicos precios por su utilización.

 

Cancha de vóley privada con luminaria en Calderón. Fotografía: Paulina Jiménez

 

Gentrificación

Los barrios de Calderón y Tola Grande, han transitado en los últimos 30 años de ser parroquias rurales a urbanas. Sus jóvenes nos cuentan el impacto que ciertas infraestructuras de “modernización” ocasionan sobre la organización y vida comunitaria. Mientras que la autopista “Ruta Viva” es un eje conector de Quito con el aeropuerto, para ellos es una frontera ya que dividió a los barrios y comunas. 

 

Ruta Viva, dividiendo el barrio Tola Grande. Fotografía: Paulina Jiménez

 

La aparición de conjuntos habitacionales, que podrían parecer inofensivos, es también una señal de este fenómeno urbanístico. Un joven de Calderón comenta sobre éstos: “Al final la organización comunitaria se debilita porque son como burbujas, solo se organizan dentro de éstos y no se relacionan con el resto de vecinos.” Nos cuenta que su abuelo fue quien logró que se instalara la luz eléctrica en su calle, que sus padres caminaban 10 minutos al colegio por chaquiñanes y bosque y ahora él toma 35 minutos bordeando las manzanas. “Yo veo que las inmobiliarias venden casas en  conjuntos residenciales promocionando los servicios: agua, luz, teléfono, Internet- pero no saben que mi abuelo fue quien luchó por eso, entonces me enoja un poco que lo anuncien sin saber cómo se ha logrado eso y ahora les da plusvalía”.

 

 

Las dinámicas de los barrios

Algunos se refirieron a sus barrios como “barrios dormitorio”, en el que las personas adultas salen a trabajar en oficios a otros lugares de Quito más céntricos. “Aquí el primer bus de las 5 de la mañana sale a tope”. Vecinos que se dedican a la construcción, mujeres trabajadoras domésticas, sin embargo, cuentan que las nuevas generaciones están acudiendo a las universidades con el objetivo de optar por nuevos oficios y profesiones. Las dinámicas de los barrios reflejan dos extremos: la lejanía y lo cercano. Lo lejos que les queda las universidades, los espacios de “cultura” privilegiados en ciertas zonas de Quito, la actividad económica lejos del barrio. Y a la vez, descubren que los alimentos vienen de cerca, que muchos puestos del mercado se abastecen por huertas y chacras locales de la zona, que el agua de riego sigue siendo un conector de vecinos.

Estos otros mapas no son un diagnóstico estático de los barrios, sino un ágora de interlocución y encuentro. Los mapas no es un producto acabado, sino la herramienta para iniciar y continuar conversaciones. Por eso, si eres vecina/o, organización con incidencia en los territorios, te invitamos a continuar reflexionando y producir otros mapas. Puedes escribir a paulina.jimenez@undp.org

 

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