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La conciencia social y ambiental de las finanzas ha dado importantes pasos a raíz de acuerdos internacionales como el Acuerdo de París de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNCC) y el establecimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030.  Sin embargo, la catástrofe sanitaria del COVID-19 ha sido el impulso decisivo para que las comunidades ejerzan una mayor presión por una transformación del uso y objetivo de las finanzas.  Es deber de cada uno de nosotros, desde nuestro espacio, empujar para que dentro de los objetivos de las finanzas mundiales se incluya alcanzar las metas de los ODS.

Históricamente, las finanzas corporativas han tomado la rentabilidad y el riesgo como factores decisivos en la elección de una mejor oportunidad de inversión, dentro del abanico de alternativas, y sin tomar en cuenta el tipo de externalidades sociales o ambientales que puedan derivarse. Con el tiempo,  este sistema ha generado problemas sociales y ambientales, por ejemplo, una desigualdad económica creciente en la población y un exceso de emisión de gases efecto invernadero, derivando en lo que conocemos como aceleramiento del cambio climático planetario.

Por otra parte, los Estados tiene una gran responsabilidad en la atención a retos como la reducción de la pobreza y el cuidado del ambiente, y para ello, normalmente cuenta con recursos limitados.  En este contexto, surge la siguiente pregunta: ¿existen peldaños intermedios entre las finanzas corporativas y las finanzas públicas donde se pueda incluir la conciencia social y ambiental y responder a las necesidades de la población?    

Dirk Shoenmaker, investigador de la Rotterdam School of Management y Willem Schramade, de la Sustainable Finance Factory, autores del libro “Principios de Finanzas Sostenibles” de 2019, han identificado cuatro tipologías de finanzas sostenibles, marcando un camino evolutivo para las finanzas corporativas actuales hacia una completa sostenibilidad financiera. 

En primer lugar, estarían las “finanzas de siempre”, es decir, aquellas que buscan el máximo beneficio económico sin tomar en su impacto social y/o ambiental.

Posteriormente, están las “finanzas sostenibles 1.0”, cuyo objetivo planteado sigue siendo la maximización de la rentabilidad financiera, pero esta vez, sujeta a salvaguardas sociales y ambientales.  Por ejemplo, algunas empresas y bancos evitan invertir en actividades altamente negativas como la fabricación de minas personales o caza de ballenas.  Incluso algunos bancos comerciales y multilaterales han empezado a excluir a las energías fósiles como actividades financiables.  No solo por su conciencia ambiental, sino porque estas fuentes de energía están en un camino hacia su sustitución completa por energías renovables en las próximas décadas.

En el siguiente peldaño están las “finanzas sostenibles 2.0” donde el objetivo es la maximización de un valor integral, mismo que equivale a la suma de la rentabilidad financiera, social y ambiental. En este nivel, una entidad debe elegir el proyecto de inversión con mayor valor integral, estableciendo como condiciones adicionales que la rentabilidad social y ambiental deben ser mayor o igual a 0.  Este nivel de consciencia financiera aún tiene desafíos que están en proceso de solventarse; por ejemplo, la valoración financiera de la rentabilidad social y ambiental y su manejo contable.  Algunas instituciones financieras pioneras ya están empezando a ajustar los valores de las acciones de sus clientes en base a su impacto social y ambiental para así calcular el valor integral y posteriormente seleccionar qué inversiones realizar.

Finalmente, están las “finanzas sostenibles 3.0” , que buscan aumentar la rentabilidad social y ambiental sujeta a un mínimo de rentabilidad financiera, creando valor para el bien común.

En 2019, el criterio de los autores de la estructura de finanzas sostenibles es que las principales corporaciones y banca privada a nivel mundial, en promedio, se encuentran levemente por encima de las finanzas sostenibles 1.0.  Se estima que el peso del valor social y ambiental en sus decisiones de inversión no sobrepasan el 10%, siendo predominante aún el peso de la rentabilidad financiera. Estas entidades están en búsqueda de maximizar su rentabilidad financiera, a la vez que se cuidan de no generar un impacto negativo ambiental o social por el riesgo de reputación.  Solamente de una manera muy sutil, buscan inversiones con rentabilidades sociales y /o ambientales positivas, siempre y cuando el costo de oportunidad financiero no lo exceda.  

Al respecto, es importante continuar impulsando un sistema financiero solvente y orientado a la inversión sostenible a largo plazo. Un sistema que a nivel global tenga la capacidad de evitar futuras crisis y logre atenuar los efectos de futuras pandemias y otros desastres. Un sistema financiero que se preocupe por el crecimiento económico, pero principalmente por la protección de la salud, la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, la pobreza y la lucha contra la desigualdad.  Es decir, un sistema financiero que sirva al bienestar del ser humano y de las comunidades respetando los límites planetarios. 

En este sentido, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, que plasman una visión de sostenibilidad e inclusión humana de los 193 países miembros, sirven no solo para guiar el trabajo de la comunidad internacional, pero también para que las empresas e instituciones financieras del sector privado identifiquen y prioricen entre sus alternativas de inversión.

El sector financiero de los Países Bajos ha sido uno de los pioneros en comprometerse con la mitigación del cambio climático.  El 10 de julio de 2019, 50 bancos, aseguradoras, fondos de pensión y administradores de activos holandeses firmaron un compromiso obligatorio (Acuerdo Holandés por el Clima) para reportar sobre la huella de carbono de sus inversiones desde 2020, implementar planes de acción para reducir sus emisiones de gases efecto invernadero a partir de 2022, y lograr una reducción de 49% hasta 2030.  Para noviembre de 2020, la mitad de los firmantes ya reportaron sobre las huellas de carbono de sus inversiones. 

Este tipo de compromiso entre privados es una muestra de la gran capacidad humana para la cooperación por el bien común, sobreponiéndose al interés individual. Replicar este tipo de acuerdos climáticos y sociales, privados y estatales, son una necesidad imperante y urgente, y son el único camino para asegurar una vida digna para nuestras futuras generaciones. 

En la marcha climática de Nueva York, en 2014, el entonces secretario de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, mencionó una frase que remarca la urgencia de atender activamente el cambio climático: “No hay un Plan B, porque no hay un Planeta B”.

 

Enlaces relacionados:

https://www.kateraworth.com/videos/

https://www.researchgate.net/publication/330359025_Principles_of_Sustainable_Finance

https://sdgs.un.org/2030agenda

https://unfccc.int/sites/default/files/english_paris_agreement.pdf

Por Martín Ramírez, especialista en Economía y  Negocios, Programa de Apoyo a la NDC

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